martes, 10 de enero de 2012

MF

Fernanda, tiene unos ojos luminosos de profundidad oceánica. Más oscuros que la noche y más claros que el día. Mira inmóvil, impasible, en una fotografía, con la mirada perdida pero en un encuentro platónico tal vez anclada. Su nombre es contundente, como lo radical en su determinación adolescente, vuelta de tajo, aún mayor que la apariencia. Me gusta hablarle, me gusta que me hable. Me gusta su juego, palabras que mueven piezas de un ajedrez cósmico, donde en cada movimiento, nos reinventamos. Me gusta como está delineada su boca, hace juego con esos ojos místicos, le han dicho  -de mirada egipcia-, y a mi me remite a un pasado glorioso y ritual, de antiguo misticismo sagrado, alguna vez acaso, ataviada de ropajes y ornamentos que enmarcasen todo el poder de la dulzura que hay en su rostro. Ella es un oasis y me refresca. Ella tan diáfana, no tenemos que prometernos la verdad, porque no hay nada màs que la verdad. Es toda una mujer y es apenas una niña, la inocencia aún inunda  su rostro y desborda en el brillo de sus pupilas. Pero hay una sugerente  sensualidad que cautiva, una delicadeza tibia, que día a día estrecha los polos.

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